FES | Federación Española de Sociología

Conferencia inaugural

ESPAÑA HACE TREINTA AÑOS, DENTRO DE TREINTA AÑOS

por María-Ángeles Durán

Queridos colegas y compañeros:

No es protocolario, sino vivamente sentido, mi agradecimiento por la invitación a impartir esta conferencia inaugural en el X Congreso Español de Sociología. Ignoro de quién partió la iniciativa y qué trámites siguió antes de formalizarse, pero mi agradecimiento se extiende a todos los que intervinieron en el proceso. Creo que no es sólo un agradecimiento personal, sino en cierto modo colectivo, porque refleja el hecho de la plena incorporación de las mujeres (-que no figuraron entre los fundadores-) a la creación y al ejercicio de la sociología contemporánea. También agradezco a todos los que llenan hoy este enorme salón de actos, en el que tanto abundan los rostros nuevos y jóvenes, la oportunidad de compartir mis trabajos y reflexiones.

No es fácil separar el análisis de la sociedad del de sus intérpretes, pero la organización de este Congreso ha repartido claramente los papeles. El título de mi conferencia se me dio ya cerrado, y será la reflexión sobre los cambios producidos en la sociedad española en los últimos treinta años y la predicción de los cambios que ocurrirán en los próximos treinta. Aguardo con curiosidad la conferencia de clausura de Manuel Pérez Yruela, en la que paralelamente analizará los cambios que se han producido y van a producirse en la sociología española en este mismo período.

Mi primera reflexión es, precisamente, sobre esta división de papeles y sobre la delimitación de nuestros contenidos. O lo que es lo mismo, sobre el papel del observador ante los hechos sociales. La elección del período de treinta años no es gratuita, viene dada por el aniversario –en números redondos-, de la creación del antecedente inmediato de la FES. La fijación del período a observar podría haberse hecho con otros criterios, por ejemplo, el inicio de la transición política o la proclamación de la Constitución de 1978; o atenerse a otras unidades temporales de cómputo más comunes, como el cuarto de siglo o el medio siglo. Pero es una fecha clave para el sujeto que observa, la constitución asociativa de los sociólogos españoles, la que se proyecta sobre el objeto observado, hermanando y fusionando ambas trayectorias.

La segunda reflexión recae sobre la diversidad. No tengo ninguna duda de que si esta invitación se hubiese dirigido a otros colegas, su discurso hubiese sido distinto del mío. Diversidad de estilo y de forma, pero también de contenido. ¿Qué grado de diversidad acoge y acepta nuestra disciplina? ¿Qué tensión u homogeneidad en la elección de los grandes parámetros teóricos que encaminan la observación empírica?

Confieso que preparando estas páginas, he hecho un ejercicio de memoria, recordando los años en que intentaba iniciar a mis estudiantes en las claves de la sociología. En un flash-back rápido he revivido programas, lecturas obligatorias y ejercicios prácticos, los nombres de los grandes autores y las grandes ideas que han servido para sintetizar fenómenos, épocas y perspectivas. ¿Cuál de estos grandes nombres, grandes palabras, sirve mejor para dilucidar el sentido de la conferencia de hoy? La respuesta es inquietante, sobre todo en primera lectura. Puedo ubicar la evolución de España en varios de los marcos con que los sociólogos hemos explicado las sociedades contemporáneas (evolución democrática, capitalista, postindustrial, postmaterialista) e incluso añadir otras perspectivas menos instaladas en la academia, como la del patriarcado. Pero ninguna de ellas basta, ninguna domina claramente a las restantes. Lo que en primera aproximación produce mucho desasosiego intelectual, en segunda instancia se acepta con cierto resignado vencimiento. Sigue viva la querencia, la búsqueda de la gran teoría brillante y definitiva, pero por ahora, y tal vez para siempre, el trabajo del sociólogo acompaña a una mirada múltiple en la que varias perspectivas compiten y se complementan. No es que los grandes clásicos, los maestros, nos hayan engañado; pero hemos de convivir simultáneamente con todos ellos, sentados a nuestra cabecera y formando parte de lo que somos sin que ninguno pueda reclamarnos una filiación exclusiva.

Tras estas reflexiones introductorias, permítanme que seleccione cuatro puntos básicos para entender la sociedad española de 1980, 2010 y 2040: la situación demográfica, económica, política y tecnológica. No puedo dejar de referirme, de nuevo, al papel del observador. Lo que diga sobre 2010 será una experiencia compartida con todos ustedes, aunque cada uno la vivamos desde posiciones diferentes y nuestra perspectiva matice el grado de conocimiento, de interés y de implicación personal. En cuanto a la sociedad del año 1980, muchos de los aquí presente no la conocieron, o eran tan niños que ni la recuerdan ni en su momento pudieron interpretarla. En cambio para otros, entre los que me incluyo, 1980 se corresponde con un período de plenitud vital, de energía incansable y multitud de proyectos. Es una época vivida con intensidad, ni desconocida ni heredada, que hacemos plenamente nuestra. ¿Podremos hablar el mismo lenguaje, entenderla del mismo modo, los sociólogos que hoy ya no nos acompañan a la cita trienal porque están demasiado cansados o demasiado ocupados y los que ahora estrenan su primera experiencia profesional asociativa?

Respecto a la sociedad del año 2040, la mayoría de quienes llenan esta sala llegarán a conocerla e interpretarla, pero no sé si ese será mi caso. Para entonces me acercaría al siglo de existencia y aunque la proporción de nonagenarios aumenta, tendrían que coincidir en mi circunstancia las dos condiciones de supervivencia física y lucidez mental. Nuestro ilustre colega Francisco Ayala demostró con tres décadas de adelanto que esta coincidencia no es imposible, pero resulta tan poco probable en términos estadísticos que más vale aceptarla como un supuesto nulo. En consecuencia, cualquier reflexión que haga sobre 2040 será sobre la vida de los demás, no sobre la mía. Y si adopto o participo en decisiones que tengan como objetivo ese horizonte de tiempo, no serán decisiones sobre mí sino sobre los otros, aunque los sienta herederos y de algún modo siga formando parte de ellos. El sentido de continuidad y trascendencia en el tiempo no viene dado gratuitamente ni es inevitable, pero lo acepto con un compromiso sin fisuras. Después de mí no vendrá el diluvio, no se acabará el tiempo. Tal vez, como hace poco decía Saramago, me diluiré en la nada, pero seguiré existiendo en un tiempo vivido, el de mis hijos y los hijos de mis hijos. Un tiempo del que, en mi modesta medida, me siento responsable y al que no puedo negar el esfuerzo de intentar anticiparlo y comprenderlo.

En 1980, la población española era todavía expansiva y étnicamente homogénea, con una tasa de envejecimiento moderado. De los 37 millones que entonces la componían hemos pasado a los 48 millones de ahora. El proceso de urbanización se ha mantenido y hay dos grandes novedades: el crecimiento de la población autóctona se ha detenido y debe más a las mejoras en el no-morir que a la voluntad de hacer-nacer. En términos absolutos, el papel protagonista del crecimiento demográfico lo juegan los inmigrantes, concentrados en las edades jóvenes y jóvenes/maduras. Son los inmigrantes quienes han aportado potencial demográfico y rejuvenecimiento a España en la última década; constituyen el 11’6 de la población total y el 19’4% de la población de 25 a 44 años. De cara al futuro, es imprescindible recordar que de cada cien niños nacidos en 2009, veintiuno eran hijos de madre extranjera; y si nos referimos a las madres menores de veinticinco años, alcanzan casi el cuarenta por ciento (37’5%). Si añadiéramos las madres de origen extranjero nacionalizadas o los nacidos de madre española y padre extranjero, las cifras serían aún mayores. No es una cuestión principalmente cuantitativa, sino cualitativa.

Los inmigrantes han traído consigo pluralidad de lenguas, de costumbres, de religiones y creencias, de nuevos fenotipos. Han cambiado la sociedad española de modo profundo y sin vuelta atrás, porque la mayoría de los inmigrantes han venido a instalarse definitivamente. España se ha convertido en el quinto país de destino preferente para los emigrantes in pectore. De modo que para hablar de la sociedad española, habrá que referirse a los que son españoles y están en el territorio, a los que son y no están, a los que no son pero están, y algo más difícil todavía de aprehender, a los que ni están ni son pero esperan estar y posiblemente ser en el próximo futuro. Según una encuesta realizada por Gallup en 135 países, presentada en el Foro Mundial de Migraciones y Desarrollo auspiciado por Naciones Unidas (Atenas, 2 de noviembre de 2009), los aspirantes a emigrar para instalarse definitivamente en otro país constituyen el 16% de la población mundial. Según estos expertos, a España le corresponden 35 millones deinmigrantes in pectore, que aguardan el momento oportuno para convertir en hechos su aspiración. Que se convierta o no en realidad depende de múltiples factores, pero ya no puede entenderse España sin incluir en el análisis el anillo de los expectantes, aunque algunos de ellos no conozcan su lengua ni apenas sean capaces de ubicarla en el mapa.

La inmigración ha transformado la estructura de clases, ocupando los bajos niveles sociales bajos desertados por la nueva clase media y generando una nueva clase obrera no industrial con importantes componentes étnicos.

El otro rasgo principal del cambio demográfico es el envejecimiento. Más lento y previsible que las migraciones, sus efectos sobre la sociedad son igualmente decisivos. En 1980, veintiséis de cada cien españoles tenían menos de quince años. Hoy sólo son el 14’9%, menos que los mayores de sesenta y cinco. En 2010, España es una sociedad envejecida, y lo será aún más en el cercano futuro. Ha aumentado la esperanza de vida y, sobre todo, la esperanza de vida a los sesenta y cinco años. El alargamiento del ciclo de vida no es un fenómeno cuantitativo (lo mismo durante más tiempo) sino que afecta y transforma algunas categorías esenciales de las sociedades contemporáneas. En 1980, el porcentaje de personas mayores de ochenta años era en España el 2%. Hoy es 5% y en 2040 será 8’5%. Proporcionalmente, entre 1980 y 2040 el porcentaje de muy mayores mayores se cuadruplicará. El envejecimiento afecta de modo desigual a hombres y mujeres; para 2040 es previsible que el porcentaje de varones octogenarios y de edad aún más avanzada sea 6’8%, en tanto que el de mujeres será 10’2%. De cada diez ciudadanas españolas, una habrá sobrepasado los ochenta años, y dos tendrán entre sesenta y cinco y ochenta.

Con el aumento de la longevidad, los criterios de juventud, madurez y vejez han cambiado y seguirán cambiando. Cambiarán las fronteras cronológicas reales y modélicas de las etapas de la vida, las que conforman los ciclos del estudio, la independización, la procreación, el empleo y el retiro. Cambiará la organización de las familias, del trabajo, de las instituciones políticas, de los servicios públicos, de los valores. Por ejemplo, la frontera entre juventud y madurez se expandirá, con los consiguientes desajustes entre los ritmos biológicos y sociales. Si me permiten un recuerdo histórico, la mujer que inspiró a Jenofonte hace dos mil quinientos años su tratado de Economía, una eficaz gestora del complejo conjunto de actividades que entonces constituían los oykos u hogares griegos, sólo tenía catorce años. Hoy sería considerada una niña en plena dependencia económica, psicológica y legal.

Para 2040, la función procreativa ocupará una proporción cada vez menor de tiempo en el ciclo familiar. Proliferarán nuevas formas de familia, basadas más en el afecto, la solidaridad y la intimidad que en las relaciones consanguíneas. La permanencia en el empleo habrá de alargarse para contrarrestar los costes del mantenimiento durante el período post-laboral. Los servicios públicos para mayores casi necesitarán duplicar su presupuesto para seguir ofreciendo lo mismo, y tendrán que hacerlo a costa de reducir la asignación a otras partidas presupuestarias.

Respecto a la economía, España es hoy una sociedad mucho más rica que en 1990 en términos de PIB y de renta per cápita. Es una sociedad más monetarizada, en la que se producen y consumen más bienes y servicios a través del mercado. También es una sociedad más internacionalizada: europeizada, latinoamericanizada, globalizada. Es una sociedad que dispone de mejores infraestructuras, de una fuerza de trabajo más cualificada. Sin embargo, el crecimiento se ha realizado a través del sector servicios y la construcción, con un desarrollo modesto de la industria, y entre las empresas siguen predominando las de tamaño pequeño y medio. Parte de nuestro crecimiento es un mero trasvase del sector económico no contabilizado (los hogares) a los sectores económicos contabilizados (empresas y Administraciones Públicas). Tampoco se ha contabilizado eficientemente el destrozo sufrido en el patrimonio natural (ecológico) y cultural/material, especialmente el arquitectónico de las zonas rurales. A pesar de ello, en conjunto el país ha crecido y mejorado, algo que hay que recordar como introducción a la inevitable constatación de la crisis iniciada en 2008. Con casi cinco millones de desempleados, que serían muchos más si se les añadiesen los desanimados de buscar empleo, los incentivados a la prejubilación y los aparcados en la prolongación escasamente voluntaria de los años de enseñanza, la situación no permite optimismos. Cierto es que la coacción por el “deber ser” impide a los responsables económicos reconocer que parte del paro es ficticio y que el trabajo sumergido ha aumentado en España con la crisis, igual que lo ha hecho en todo el mundo. En cualquier caso, certificar que estamos en crisis no tiene mucho mérito, aunque es digno de notar que el reconocimiento público haya venido forzado desde fuera, tras muchos meses de negación, seminegación y conflicto en torno a su admisión desde dentro. Hay desempleo, escasa productividad que dificulta las exportaciones, caída de los créditos internos, aumento del precio que hay que pagar por las emisiones de deuda, pérdida del valor de los patrimonios poseídos por los hogares como consecuencia del estallido de la burbuja inmobiliaria.

La medida gubernativa de bajar el salario a los empleados públicos ha tenido dos efectos: el primero, que era el formalmente pretendido, reducir el déficit de las arcas públicas. El segundo, no manifiestamente pretendido, ha sido más importante que el primero: a partir de ahí la crisis se ha tomado en serio, aceptándose como inevitables (o casi) los drásticos recortes en infraestructuras y programas sociales y, lo que trasciende al sector público, desarbolando las reivindicaciones económicas de las empresas concesionarias y las reivindicaciones laborales del resto de los trabajadores del sector privado.

Aunque no se mencione habitualmente, la solución a la crisis no la han dado las empresas ni las instituciones públicas, sino los hogares. No a las causas de la crisis ni a la reestructuración del mercado financiero, inmobiliario o industrial, evidentemente, sino a la paliación de sus consecuencias en la vida cotidiana de los ciudadanos. En los informes económicos del Banco de España se culpa a los hogares de la debilidad de la demanda interna, y es cierto que desde el comienzo de la crisis los hogares han cambiado su previo papel de endeudamiento expansivo para la adquisición de patrimonio inmobiliario, automovilístico, tecnológico y de alto consumo en todo tipo de bienes y servicios, por un papel radicalmente diferente, el de ahorradores. Nunca se ha ahorrado tanto como en esta crisis. Es una respuesta preventiva al riesgo, a la latente amenaza del desempleo y la pérdida de patrimonio. Pero hay que destacar que si, a pesar del desempleo y la crisis económica general, el nivel de conflictividad social se está manteniendo en límites bajos, es por el papel redistribuidor, crediticio y de solidaridad intergeneracional que están desempeñando los hogares. Parte de los bienes y servicios que se consumían en el mercado se han transferido a los hogares (servicios de cuidado, producción de alimentos, transporte, ocio, etc…), desmonetarizándose. Son invisibles a efectos de la Contabilidad Nacional, pero no por ello menos eficaces en términos reales.

De cara a 2040, la inmediatez de la crisis no debiera enturbiar la reflexión sobre el largo plazo. Aunque con dificultades, probablemente la economía española encontrará el modo de superar esta coyuntura, del mismo modo que ya lo han hecho otros países europeos. Mientras el deseo de hacerse rico sea un valor importante, espoleará la imaginación y el esfuerzo encaminado a conseguirlo. Sin embargo, lo que resulta difícil de predecir es el papel que jugarán (jugaremos) los actuales países más desarrollados respecto a los bric, los nuevos países emergentes. Brasil, Rusia, India y China crecen a un ritmo más rápido que nosotros y su demografía les acompaña. Renuncian por ahora a conquistas sociales, a favor del crecimiento económico. ¿Qué equilibrio entre estos valores contrapuestos se logrará en el futuro? Confieso que conozco mis deseos pero tengo una confianza reducida en que lleguen a cumplirse.

Respecto a la política, España vivía un gran momento en 1980, todavía en el proceso de desarrollo de la Constitución democrática de 1978. Se celebraba la libertad, los partidos políticos, las autonomías, el auge de la socialdemocracia, el poder de los sindicatos, la emergencia del feminismo, el recogimiento constitucional de la igualdad entre hombres y mujeres, la progresiva separación entre Iglesia y Estado, la constante referencia europea. Un elemento positivo de la evolución sociopolítica desde entonces ha sido la creciente incorporación de las mujeres a todos los ámbitos de la vida pública (educación, empleo, cultura, participación política), que se hace especialmente visible en la composición –en 2010- del Parlamento y el Gobierno. Sin embargo, en 2010 la Constitución da muestras de agotamiento. Tras llevar a cabo un fluido proceso de descentralización, ahora sufre fuertes tensiones centrífugas. Las reglas de uso electorales crean extrañas paradojas, como el muy desigual valor, a efectos de representación en las cámaras, del voto de cada ciudadano. Tanto los partidos como los sindicatos sufren penurias de imagen pública y se ha convertido en habitual que el gobierno y la oposición resulten valorados negativamente en las encuestas de opinión. La infraestructura de organización de la justicia es obsoleta e insuficiente, lo que se manifiesta en el desánimo de los jueces y la valoración negativa por parte de los ciudadanos. La monarquía concita adhesión en general aunque poco entusiasta, y asimismo concita hostilidad en algunos sectores específicos, con incidentes episódicos de violencia simbólica. La cuestión del linaje ha perdido importancia en todas las monarquías y en España este cambio probablemente ha servido más para reforzar la institución que para debilitarla. Sin embargo, despojada o disminuida su justificación hereditaria, la Corona necesita redefinirse, encontrar un nuevo arraigo simbólico al que no será ajena la abolición de la preferencia de sexo que la Constitución actual consagra.

La separación Iglesia / Estado se mueve en el filo de la navaja, con constantes fricciones. De hecho, el Concordato prima sobre la Constitución en numerosos aspectos en la organización de la vida cotidiana (por ejemplo, en la no aplicación de los artículos 9 y 14 a las estructuras eclesiales en territorio español) y la tensión se ha hecho evidente en las leyes o proyectos de cambio legal de mayor impacto sobre la vida familiar y cotidiana, tales como el divorcio, aborto, homosexualidad, eutanasia, y algunas modalidades de investigación biomédica.

Los ya señalados cambios demográficos (inmigración, envejecimiento), junto a los estrictamente políticos, hacen previsible que la configuración política de España en 2040 sea bastante diferente de la actual. No faltarán entre los asistentes quienes se pregunten si siquiera seguirá existiendo España con la expresión territorial que actualmente tiene y si el sistema de representación política habrá incorporado otros criterios acordes con la nueva distribución de las lenguas habladas (por ejemplo, el árabe) o las nuevas filiaciones étnicas y religiosas, que aunque todavía minoritarias, tendrán para entonces un papel más preponderante del que actualmente tienen.

Dejo para el final la reflexión sobre el impacto de la tecnología en la sociedad española de hace treinta años y de dentro de treinta. En 1980, los hogares y los centros de trabajo incorporaban masivamente algunas innovaciones y aplicaciones tecnológicas que en otros países más desarrollados se habían hecho cotidianas varios lustros antes: el teléfono, la televisión, la lavadora, el lavavajillas, el automóvil. También alcanzaban una difusión importante algunas tecnologías de la planificación familiar, especialmente las farmacológicas, y se iniciaba la expansión de los ordenadores personales. En 2010, a estas tecnologías se añade el uso frecuente y generalizado por los hogares de los medios de desplazamiento rápido (trenes, aviones), de la conservación de alimentos y de las nuevas comunicaciones como el teléfono móvil e internet. Estas tecnologías han modificado los modos de trabajo y de relación social en la vida cotidiana. Sin embargo, con 2040 como horizonte de reflexión, el mayor impacto sobre la vida social provendrá de las nuevas tecnologías bio-sanitarias, articuladas en complejos sistemas ético/valorativos a los que acompañarán inevitablemente cambios en los sistemas legales y económicos. Son tecnologías que afectan a definiciones seculares de la vida y de la muerte, que convierten en realidad las categorías antes sólo imaginarias de los pre-vivos y los pre-muertos. Con la tecnología ya actualmente disponible, mucho de los que le acontece al cuerpo es opcional; no se trata ya del dictado de la naturaleza, sino de decisiones tomadas por sí mismo o por otros, a favor de sí o en contra de sí.

Como ustedes probablemente saben, la mayoría de los niños que nacen en España son planificados y se utiliza algún tipo de tecnología (estadística, física, química) para ajustar los hechos a los deseos. La tecnología ha iniciado la adaptación del parto a la necesidad o conveniencia de la criatura naciente, de la madre y del propio sistema sanitario. No sólo por el sufrimiento fetal sino por otros criterios como la idoneidad del horario (de lunes a viernes, de ocho a tres) o el expreso deseo de evitar los dolores y riesgos de la expulsión, veintiocho de cada cien partos que se realizan en España son por cesárea, cifra que se eleva al cuarenta por ciento en las clínicas privadas a las que acuden mayoritariamente la clase media y las mujeres con un nivel de educación más alto.

Hace un par de años, los periódicos españoles publicaron la noticia de un alumbramiento que había tenido lugar en Londres: lo que lo convertía en noticia es que la futura madre social era infértil como consecuencia de la radioterapia, el óvulo había sido cedido por una hermana, fecundado por el padre tecno-natural-social y gestado por otra hermana diferente que la donante del óvulo. El feliz parto y la posterior adopción habían sido posibles por la conjunción de un deseo individual (el de ser madre), un avance tecnológico y el imprescindible acompañamiento de suficientes bases legales y presupuestarias. La noticia no causó tanto revuelo porque se ha convertido en algo relativamente común; por eso ustedes no repararon mucho en ella, no ganó titulares espectaculares. Sin embargo, es un buen indicador del impacto de las nuevas tecnologías en la sociedad del futuro, en la que categorías tan esenciales como la filiación, la maternidad y la paternidad, tendrán que reescribirse. De este tema me he ocupado en extensión en mi libro “El valor del tiempo” (Espasa, 2007), y aunque quizá 2040 sea un escenario demasiado próximo para constatarlo, no dudo que caminamos hacia una nueva relación entre la máquina y el cuerpo. Algo similar ocurre en las fronteras de la muerte, donde la tecnología ya permite la suspensión de la vida en el último instante, el mantenimiento artificioso y durante largo plazo de las constantes vitales aún sin capacidad de retorno ni de cura.

En general, la innovación tecnológica nos acompañará para bien, pero somos conscientes de que la tecnología, como en el sueño de la razón, también puede aportar una cosecha de monstruos. La tecnología nos liberará de muchas pesadas servidumbres, pero su inspiración y control es un deber cívico que no puede delegarse ciegamente en las manos de científicos y comercializadores tecnológicos. Con la tecnología cambiará nuestro modo de estar en el mundo, pero no olvidemos, como ejemplo, que la ecografía, una técnica aplicada a mejorar el tratamiento médico durante los embarazos, también ha servido para producir el mayor femicidio jamás conocido, cuando se ha puesto al servicio de valores discriminatorios.

Debiera despedirme de ustedes, porque he consumido el tiempo de exposición. Ha sido un placer tenerles delante y sólo me resta desearles que se mantengan lúcidos dentro de treinta años. Porque harán falta para anticipar y analizar los cambios que vaya experimentando la sociedad española. Y, más aún, para participar en su transformación, en el acercamiento a la sociedad que quieran que sea.

Pamplona, 1 de julio 2010

* María-Angeles Durán, es Catedrática de Sociología y Profesora de Investigación en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. (angeles.duran@cchs.csic.es). Ha sido presidenta de la Federación Española de Sociología.